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sábado, 21 de abril de 2012

Jacarandá para dos.


   Del otro lado de su vida cotidiana, el jacarandá se desprendía lento de sus flores con parsimoniosa cadencia, como si sólo estuviera allí de marco cinematográfico para el reencuentro de estos dos tristes grandes.
  La única música que sonaba era el lento traqueteo del ómnibus Cot, por la General Flores charrúa.
Y allí estaban. Él y ella.
  El temblor involuntario de su brazo izquierdo era muy notorio. Ella se dio cuenta y  quiso saber.
Él, que estoy enfermo, que no te lo había dicho?, que te quedes tranquila, que estoy bien. 
Ella lagrimeó suavecito.
   Su mano con pecas, se dejó acariciar por la de ella, amorosa y final.
   Apareció el miedo y la nunca imagen de la muerte para esta historia de tanto y muy mucho.
 Antes la ausencia que no pesa.
  Él, que todavía te quiero, y claro, que nunca pude otra cosa. Acaso no lo ves. Eso nunca va a cambiar.
Y ella, por fin pudo hablar. Por fin dio cuenta de esa carta a la  que nunca se le animó. Por fin habló para ser escuchada, por fin, por suerte, por ella, por él.
  Los abrazos fueron tres. Los tres intensos, vivos, fuertes, dolorosos, de adiós, de porqué,  de porqué todo es como es, de ya nada será , de quedémonos así. De sí y de no.
Las manos entre los cabellos y el amor entre las manos.
Y él con el deseo intacto de llevársela a su piel, balconeándole  sus pupilas almendradas.
  Que te cuides. No te vayas a morir,por favor. Y hubo sonrisas y lágrimas.
   Ella bajó los 5 escalones de la esquina prometiéndose no dar vuelta la cabeza, aunque al final, miró. 
Él siguió ahí inmóvil, como siempre y como nunca.
El jacarandá también.




(Las fotografías pertenecen a Google imáegenes)

jueves, 24 de noviembre de 2011

10 años después...Te amo! que siempre sea feliz nuestro aniversario.

  • 24 de noviembre de 2001
7 de la tarde, cita a ciegas después de 14 días de intercambio "postal".
Esquina de la Plaza Dorrego de  San Telmo.
Él puntual.
Yo también.
Él con unas florcitas en la mano.
Yo nerviosísima, ardida por el sol y con ganas de que no resultara, todavía quería dolorosamente a otro.
Él:  ( tremenda sonrisa, hermoso para mí, con unos ojazos y una mirada que me hizo bien)
       - Hola, qué bueno que finalmente nos conocemos. ¿Estás bien?
Yo:( pensando que finalmente nos habíamos encontrado en la vida: ERA ÉL)
        -La verdad que no, estoy muy, muy nerviosa.
Él:- ¿Caminamos?
Yo:- Sí, dale.

A partir de esa caminata no nos separamos nunca más. Él fue un vendaval de amor y yo me dejé querer, lo necesitaba. Con él aprendí que amar no significaba dolor, que no había que sufrir para que eso fuera realmente amor.Me costó "entregarme", pero un día se encadenó con otro y otro con otro y otro con otro y...
  • 24 de noviembre de 2011
Hoy cumplimos 10 años...10 años...10 años... ¿10 años ya ? No me lo creo..


En 10 años nos pasaron muchas cosas:geniales, frustrantes, felices, tristes. Hubo dudas, discusiones, reconciliaciones, replanteos, planteos, proyectos , sueños, momentos de "remarla en dulce de leche repostero" pero siempre fue más el amor y las ganas de seguir acompañándonos en el camino.
No siempre resulta sencillo, pero los dos nos seguimos eligiendo, a pesar de los pesares.
Él es un hombre entrañable, con un corazón generoso. Es un muy buen tipo, pero bueno, bueno. A veces inmaduro, a veces egoísta, a veces rompe... a veces comodón. Mis costaditos "sombras" no se quedan
atrás tampoco, pero los dos somos buena gente.
Nos amamos con miles de imperfecciones pero su sonrisa y su abrazo fuerte- fuerte cuando llega a casa es el mejor momento del día para mí. Esos brazos son la muralla que logra separarme y protegerme de lo que me lastima, los que me hacen sentir una mujer hermosa, los que disimulan mis rollitos, los que me piden amor, los que me ofrecen refugio, los que atajan muchas lágrimas, los que me acurrucan después del amor.
Te amo, hombre de mis días y de mis noches, a pesar de todo, de todas las cosas.!


( Esta pinturita la hice después de volver de nuestro primer encuentro-beso)

PD: Agregado a las 13.53 hs. Gracias a Lila que se acaba de pasar por el post y me dejó un lindo comentario, descubrí este tema que no podría pintar mejor, lo que me pasa contigo.



Que el amor sea eterno mientras dure y sean siempre felices los 24 de noviembre para vos y para mí.
TE AMO!

martes, 29 de diciembre de 2009

La vida puede ser una fiesta.

Sentirse feliz a los 40, no es un logro menor. Cuando hablo de felicidad no me refiero a un estado de permanente alegría, sino a una sensación de estar en armonía con mis propias demandas personales sumadas a las que me propone el medio.

Sentirme en armonía con mi conmigo y con el entorno, es para mí el mayor de los logros, sobretodo, teniendo en cuenta que mi vida no se pareció en mucho a la de Laura Ingalls.

Las cuatro décadas que llevo vividas, son desde mis sensaciones, compartimentos bastante estancos, que tienen características bien diferentes entre sí.

La primera década la viví con una inocencia singular, sujeta a la rigurosa educación de mis padres. Una inocencia que confundía con felicidad, qué ingenua.
La segunda década la padecí. No creo que existan adolescentes felices. No es la mejor etapa de la vida, no nos engañemos. Acné, una enorme necesidad de ser aceptado, tener pertenencia en algún grupo de pares, tratar de compartir códigos con los más cancheros, acceder a la ropa que te asegura el pase directo a cierto piné, abrirte a los dictados de tu sexualidad...en fin, un combo interesantísimo, pero que de alegre tiene bastante poco.
En mi caso, para colmo, tenía un cuerpo que distaba bastante de los mandatos sociales. No era una gorda tremenda, pero yo me sentía con un cuerpo inadecuado, que me ancargué personalmente de sobrealimentar, hasta que entré en la veintena de años con un cuerpo que en poco se correspondía con el de una chica de 20 años. Entonces, no era feliz. Creía que todos se burlaban de mí, me aislaba dentro de una coraza de chica intelectual que privilegiaba salidas y actividades que no supusieran ningún tipo de exposición física. Me sentía muy a gusto con la gente mayor, que me protegía y daba afecto sin prejuicios. Le escapaba al contacto con los chicos de mi edad. Sólo me relacionaba con un "viejo" grupo de amigas que arrastraba desde la escuela primaria, pero lo que se dice disfrutar de las salidas, bailes, noviecitos....nada de nada. A esa etapa, yo le llamo, la década infame.
En cambio la tercera, fue de una auténtica revelación. Después de un tratamiento que me llevó a quitarme de encima 40 kilos, a los 22 años era una mujer espléndida, gustosa y por primera vez me permití acercarme al sexo opuesto, que hasta entonces sólo me causaba terror, desconfianza. De todos modos nunca logré sentirme enteramente cómoda con los hombres de mi generación , por eso , al darme cuenta de lo atractiva que resultaba a la vista de los hombres mayores que yo, focalicé mi atención sobre este target.
En el camino de los 20 a los 30, conocí el enamoramiento, la pasión y el amor. También el sufrimiento. Pero fue una etapa increíble.
Siempre tuve claro que yo no soñaba como las demás chicas de mi edad, en tener una familia ( léase marido e hijos). Dentro de mí siempre Mafalda le ganaba la pulseada a Susanita.
Había empezado a trabajar a los 18 años y a los 30 logré tener mi primer departamento de soltera. Un monoambiente divino. Y mío, además. Lo había logrado.
A pesar de que construía mi vida como una mujer independiente, con un amor que me hacía sufrir bastante, pero que no suponía un gran compromiso, a los 31, apareció en mi vida, el hombre que ahora es mi marido y que me ganó la voluntad de armar una historia en común.
Así se inició la cuarta década. La chica que nunca había pensado en casarse, estaba un 24 de noviembre dando el sí con la mayor de las felicidades. Pero hijos....no. De común acuerdo, no.
Ya llevamos 8 años juntos y hacemos de nuestra vida en común, un verdadero disfrute. Por supuesto con vaivenes de todo tipo: emocionales, económicos, de humor, de ganas, pero siempre primó el amor que nos tenemos y una manera de entender la vida como una fiesta a la que podés ser invitado a diario, si no te la complicás demasiado.