Del otro lado de su
vida cotidiana, el jacarandá se desprendía lento de sus flores con parsimoniosa
cadencia, como si sólo estuviera allí de marco cinematográfico para el reencuentro de estos dos tristes grandes.
La única música que
sonaba era el lento traqueteo del ómnibus Cot, por la General Flores charrúa.
Y allí estaban. Él y ella.
Y allí estaban. Él y ella.
El temblor
involuntario de su brazo izquierdo era muy notorio. Ella se dio cuenta y quiso saber.
Él, que estoy enfermo, que no te lo había dicho?, que te quedes tranquila, que estoy bien.
Él, que estoy enfermo, que no te lo había dicho?, que te quedes tranquila, que estoy bien.
Ella lagrimeó suavecito.
Su mano con pecas,
se dejó acariciar por la de ella, amorosa y final.
Apareció el miedo y
la nunca imagen de la muerte para esta historia de tanto y muy mucho.
Antes la ausencia que no pesa.
Antes la ausencia que no pesa.
Él, que todavía te
quiero, y claro, que nunca pude otra cosa. Acaso no lo ves. Eso nunca va a cambiar.
Y ella, por fin pudo hablar. Por fin dio cuenta de esa carta a la que nunca se le animó. Por fin habló para ser escuchada, por fin, por suerte, por ella, por él.
Y ella, por fin pudo hablar. Por fin dio cuenta de esa carta a la que nunca se le animó. Por fin habló para ser escuchada, por fin, por suerte, por ella, por él.
Los abrazos fueron
tres. Los tres intensos, vivos, fuertes, dolorosos, de adiós, de porqué, de porqué todo es como es, de ya nada
será , de quedémonos así. De sí y de no.
Las manos entre los cabellos y el amor entre las manos.
Y él con el deseo intacto de llevársela a su piel, balconeándole sus pupilas almendradas.
Las manos entre los cabellos y el amor entre las manos.
Y él con el deseo intacto de llevársela a su piel, balconeándole sus pupilas almendradas.
Que te cuides. No te
vayas a morir,por favor. Y hubo sonrisas y lágrimas.
Ella bajó los 5
escalones de la esquina prometiéndose no dar vuelta la cabeza, aunque al final, miró.

