viernes, 14 de abril de 2017

La Ribeira de Oporto es una fiesta a la que todos deberían estar invitados.

Hasta acá habíamos llegado juntos el miércoles en el último post.
Ya estaba transcurriendo la tarde.
Teníamos hambre , pero justo venir a comer a la zona más turística...nada menos convocante para nosotros dos que huímos de los lugares preparados para los "guiris".


Sin embargo me emocionaba estar ahí. Llevaba la sonrisa amplia de mi viejo cada vez que él recordaba lo rico que habían comido frente al río Duero y lo hermoso que le había resultado estar allí. Lo estaba llevando conmigo a ese paseo.



Camino a la orilla del río, el Vasco advirtió un diminuto restaurante que no estaba precisamente en primera línea de playa, atestado de vajilla por lavar y un grupo de tres señores demorando la última copa mientras se fumaban un puro. Me propuso entonces sentarnos a comer allí.Hacía frío, pero no arrimamoss y preguntamos si- a pesar de lo avanzado del horario- podríamos almorzar. Su dueña, una portuguesa de lo más macanuda nos dijo que no había problema y nos ofreció unas mantas para calentarnos las piernas y así comer más cómodos a la intemperie.




Esperamos a que nos preparan la mesa disfrutando de todo cuanto pasaba a nuestro alrededor.



Cansados de tanta caminata pero taaaan felices.


Grandísimo hallazgo...Bar do Falcao.



Allí estábamos empezando nuestro romance con la comida portuguesa y con este reducto gastronómico, verdadero tesoro para los foodies más exigentes. 

Probando I: Bolinhos de bacalao.


Probando II: Langostinos con salsa de Oporto.



Probando III: Brandada portuguesa de bacalao.



Viste cuando, todo, tooooodo, es espectacular de rico. Realmente creo que debe haber sido cosa de mi viejo que le sopló al oído al Vasco dónde comer hasta alcanzar la misma felicidad en nuestro paladar.
Se convirtió entonces en nuestro ÚNICO restaurante de Oporto. Es que somos así, cuando encontramos un lugar que nos enamora somos fieles hasta el fin y,  a él volvimos todos los días que - todavía -  nos quedaban de estadía  por disfrutar.



El sol caía estrepitosamente. Pero estábamos tan agradecidos al día que estábamos viviendo. Es lo que tiene enero en Europa, pero es como digo siempre, en la vida todo junto no se puede tener.





El descubridor del restaurante que tantas alegrías gastronómicas nos ofrecería.








Se empieza a sentir el frío y el cansancio.Caminamos por la orilla prometiendo volver al otro día más temprano.





Atardece y se escucha la música de esta artista callejera. 





Todo está en calma. El espíritu en armonía  y mis penas dándome tregua. Entiendo esa sonrisa de papá cuando me contaba de este rinconcito de Portugal. Qué piola el viejo, así cualquiera. 


Su amplia sonrisa se vuelve la mía una vez más. Cómo no ser feliz en este lugar. Vamos de la mano con el Vasco, mientras mi viejito se agarra del brazo para subir la cuesta. Vinimos dos y nos volvemos los tres juntos. 



Muy buen fin de semana para todos. El lunes seguimos por acá. Gracias por pasarte!











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